martes, 22 de octubre de 2013

7 Días En El Paraíso (2º partte)

Termino de vestirme y salgo del baño, miro aún lado y a otro, pero no veo a Jaime, doy un par de pasos más hacia delante y lo veo recostado en un sillón descansando con los ojos cerrados. Está tan guapo… su rostro está totalmente relajado al igual que el resto de su precioso cuerpo, su pecho se elevaba tranquilamente arriba y abajo, una de sus manos sostiene su cabeza y el otro brazo descansa colgando de brazo del sofá.
Me acerco y le llamo:

-Jaime, venga, vámonos- se despereza y abre los ojos poco a poco, mirándome fijamente.

Aquel momento me dejo sin aliento, se le veía tan frágil, tan tierno, era como niño pequeño en busca de su mamá. Pero él me buscaba a mí.

-¿Lìlian?-pronuncio mi nombre mientras terminaba de abrir los ojos.

-Dime, Jaime-le dije acercándome a él y revolviéndole el pelo.

-¿Llevas mucho tiempo ahí?-dijo con cara de preocupación.

-Apenas 3 minutos, Jaime, vamos Madrid nos espera.

Jaime se levantó y cogió sus cosas. Una cartera que guardo en el bolsillo trasero de sus vaqueros y un móvil que se metió en uno de los bolsillos de delante de su pantalón.

La verdad es que estaba guapísimo, llevaba una camiseta azul que se ajustaba a su bonito cuerpo, que no era delgado, si no, que estaba algo tonificado del gimnasio y un pantalón vaquero que marcaba a la perfección ese culo tan prieto.

-Vámonos, Lìlian- dijo en un tono divertido invitándome a salir de la habitación, con unos de sus brazos extendidos señalando a la puerta abierta que sostenía con el otro brazo. Le dirigí una sonrisa picara y Salí de la habitación delante de Jaime, el cual, me dio un azote al pasar por allí. Soltó una sonora carcajada y dejo caer la puerta de la habitación que se cierra sola mientras nos dirigimos al ascensor caminando por el largo pasillo.

Charlamos animadamente hasta llegar a un famoso barrio de Madrid para dejar el coche y dirigirnos al metro, para ir hacia el centro de la ciudad donde pasaríamos casi todo el día.

A las 11:30 entramos en el metro, muy sonrientes y contentos por habernos encontrado al fin.

-¡Vaya!- exclamó Jaime al ver la cantidad de gente que se agolpaba en el metro a esas horas y que apenas te dejaban respirar.

-Me alegro de tenerte aquí y poder apretarme contra a ti- le dije sonriendo traviesamente.

-¿A sí?- contesto Jaime con esa media sonrisa que delataba que algo estaba tramando.

-Dime, ¿Qué piensas?- le dije dándole un pequeño pellizco en el antebrazo y sonriendo.

-¿Deberás, quieres saberlo?- me dijo acercando su boca mi oído, causando que me ruborizada como el solo sabía hacerlo.

-Claro, me encantaría saberlo- dije divertida.

- ¿No crees, que este sería un lugar perfecto para exhibirte, perrita?-dijo haciéndome humedecer en el acto.

-Pero…eso…eso es una locura, Jaime-Dije mientras jugueteaba nerviosa con mis manos.

-Mmm, ¿No te lo imaginas, perrita?-decía mientras acariciaba mi cuello-Tu espalda pegada a mi pecho, cuando comienzo a acariciar tus pechos y a bajar mi mano hasta llegar al borde de tus pantalones…cuando de pronto meto mi mano dentro y comienzo a masturbarte, sintiendo como te ruborizas y empiezas a humedecerte. Cuando todo el mundo te este mirando y estés apunto de correrte parare porque te quiere así, siempre húmeda, siempre lista para mí.

Sentía como me ardía la terriblemente la cara y otras partes de mi cuerpo también. Estaba terriblemente excitada y podía notar lo bien que se sentía Jaime al verme en aquella situación, un tanto humillada pero muy excitada, tanto que sería capaz en aquel momento de hacer lo que me pidiese, aun que fuese delante de toda aquella gente. Jaime me aportaba la seguridad que me faltaba para hacer aquellas cosas.

Al fin llegamos a nuestra parada “Sol” al salir de la estación le enseñe la plaza, la famosa pastelería “La Menorquina” donde venden los mejores roscones de reyes, el famoso reloj de sol donde dan las campanadas y donde por un momento nos imaginamos pasando una noche vieja allí como dos chiquillos enamorados. Cuando acabamos de ver la plaza nos dirigimos a gran vía, subiendo por la calle que da a la plaza de Callao, hablando tranquilamente y poco a poco sin darnos cuenta queriéndonos aún más.

Al llegar a Callao decidimos tomar algo en el Starbucks que había en la plaza, la verdad es que no había mucha gente y por suerte quedaban un par de sofás libres al lado de la cristalera que daba a la abarrotada plaza.

Nos encontrábamos enfrascados en una animada conversación, cuando:

-El siguiente-dijo la chica morena de detrás de la barra dirigiéndose a nosotros y mirándonos fijamente a ver si reaccionábamos.

Cuando nos dimos cuenta avanzamos un poco

-¡Buenos días! ¿Qué van a tomar?-dijo con una gran simpatía y una enorme sonrisa en el rostro.

-¡Buenos días! Para mí un frapuccino normal de chocolate, ¿y para el caballero?-añadí cediéndole el paso a Jaime para que pidiese.

-Para a mí…-dudo un segundo- otro igual, por favor.

Como apenas había gente en la cafetería ella misma nos preparo la bebida y nos la sirvió en la barra, nos dedico una última sonrisa y se giro para seguir trabajando. Nos dirigimos a los sofás que quedaban libres. Ambos nos sentamos y nos dirigimos una mirada un tanto oscura…llena de ansiedad, de ganas de que me hiciese suya y el de tenerme a sus pies. Le dio un sorbo a la bebida y dijo:

-Veo que te gustan las cosas dulces-forzó una sonrisa y dirigió su mirada a través de la ventana, pensativo, como lleno de dudas.

-Jaime, que piensas, dime, ¿Qué pasa?

-Lìlian, debemos y tenemos mucho sobre lo que hablar-dijo pausadamente-limites, limitaciones, hasta donde estas…digo estamos dispuestos a llegar.

Es cierto antes o después teníamos que tratar todo aquello, era muy importante tanto para él como para mí. Había límites infranqueables y otros que con la seguridad y la confianza que él me transmitía dejarían de serlo. Pero aquel no era el momento ni el lugar.

-Claro que si, Jaime. ¿Qué te parece esta noche después de cenar, en la terraza del hotel?-a pesar de intentar parecer tranquila, estaba hecha un manojo de nervios, aquella situación…hablar…hablar no era lo que mejor se me daba, pero tenía que hacerlo. Quería a Jaime, lo quería como Amo y para ello tendría que abrirme a él y a sí lo haría.


-Me parece muy bien, cuanto antes hablemos y lo pongamos todo en común antes te hare mía y al fin podre ponerte mi collar.



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