Termino de vestirme y salgo del baño, miro
aún lado y a otro, pero no veo a Jaime, doy un par de pasos más hacia delante y
lo veo recostado en un sillón descansando con los ojos cerrados. Está tan
guapo… su rostro está totalmente relajado al igual que el resto de su precioso
cuerpo, su pecho se elevaba tranquilamente arriba y abajo, una de sus manos
sostiene su cabeza y el otro brazo descansa colgando de brazo del sofá.
Me acerco y le llamo:
-Jaime, venga, vámonos- se despereza y abre
los ojos poco a poco, mirándome fijamente.
Aquel momento me dejo sin aliento, se le veía
tan frágil, tan tierno, era como niño pequeño en busca de su mamá. Pero él me
buscaba a mí.
-¿Lìlian?-pronuncio mi nombre mientras
terminaba de abrir los ojos.
-Dime, Jaime-le dije acercándome a él y
revolviéndole el pelo.
-¿Llevas mucho tiempo ahí?-dijo con cara de
preocupación.
-Apenas 3 minutos, Jaime, vamos Madrid nos
espera.
Jaime se levantó y cogió sus cosas. Una
cartera que guardo en el bolsillo trasero de sus vaqueros y un móvil que se
metió en uno de los bolsillos de delante de su pantalón.
La verdad es que estaba guapísimo, llevaba
una camiseta azul que se ajustaba a su bonito cuerpo, que no era delgado, si
no, que estaba algo tonificado del gimnasio y un pantalón vaquero que marcaba a
la perfección ese culo tan prieto.
-Vámonos, Lìlian- dijo en un tono divertido
invitándome a salir de la habitación, con unos de sus brazos extendidos
señalando a la puerta abierta que sostenía con el otro brazo. Le dirigí una
sonrisa picara y Salí de la habitación delante de Jaime, el cual, me dio un
azote al pasar por allí. Soltó una sonora carcajada y dejo caer la puerta de la
habitación que se cierra sola mientras nos dirigimos al ascensor caminando por
el largo pasillo.
Charlamos animadamente hasta llegar a un
famoso barrio de Madrid para dejar el coche y dirigirnos al metro, para ir
hacia el centro de la ciudad donde pasaríamos casi todo el día.
A las 11:30 entramos en el metro, muy
sonrientes y contentos por habernos encontrado al fin.
-¡Vaya!- exclamó Jaime al ver la cantidad de
gente que se agolpaba en el metro a esas horas y que apenas te dejaban
respirar.
-Me alegro de tenerte aquí y poder apretarme
contra a ti- le dije sonriendo traviesamente.
-¿A sí?- contesto Jaime con esa media sonrisa
que delataba que algo estaba tramando.
-Dime, ¿Qué piensas?- le dije dándole un
pequeño pellizco en el antebrazo y sonriendo.
-¿Deberás, quieres saberlo?- me dijo
acercando su boca mi oído, causando que me ruborizada como el solo sabía hacerlo.
-Claro, me encantaría saberlo- dije
divertida.
- ¿No crees, que este sería un lugar perfecto
para exhibirte, perrita?-dijo haciéndome humedecer en el acto.
-Pero…eso…eso es una locura, Jaime-Dije
mientras jugueteaba nerviosa con mis manos.
-Mmm, ¿No te lo imaginas, perrita?-decía
mientras acariciaba mi cuello-Tu espalda pegada a mi pecho, cuando comienzo a
acariciar tus pechos y a bajar mi mano hasta llegar al borde de tus
pantalones…cuando de pronto meto mi mano dentro y comienzo a masturbarte, sintiendo
como te ruborizas y empiezas a humedecerte. Cuando todo el mundo te este
mirando y estés apunto de correrte parare porque te quiere así, siempre húmeda,
siempre lista para mí.
Sentía como me ardía la terriblemente la cara
y otras partes de mi cuerpo también. Estaba terriblemente excitada y podía
notar lo bien que se sentía Jaime al verme en aquella situación, un tanto
humillada pero muy excitada, tanto que sería capaz en aquel momento de hacer lo
que me pidiese, aun que fuese delante de toda aquella gente. Jaime me aportaba
la seguridad que me faltaba para hacer aquellas cosas.
Al fin llegamos a nuestra parada “Sol” al
salir de la estación le enseñe la plaza, la famosa pastelería “La Menorquina”
donde venden los mejores roscones de reyes, el famoso reloj de sol donde dan
las campanadas y donde por un momento nos imaginamos pasando una noche vieja
allí como dos chiquillos enamorados. Cuando acabamos de ver la plaza nos
dirigimos a gran vía, subiendo por la calle que da a la plaza de Callao,
hablando tranquilamente y poco a poco sin darnos cuenta queriéndonos aún más.
Al llegar a Callao decidimos tomar algo en el
Starbucks que había en la plaza, la verdad es que no había mucha gente y por
suerte quedaban un par de sofás libres al lado de la cristalera que daba a la
abarrotada plaza.
Nos encontrábamos enfrascados en una animada
conversación, cuando:
-El siguiente-dijo la chica morena de detrás
de la barra dirigiéndose a nosotros y mirándonos fijamente a ver si
reaccionábamos.
Cuando nos dimos cuenta avanzamos un poco
-¡Buenos días! ¿Qué van a tomar?-dijo con una
gran simpatía y una enorme sonrisa en el rostro.
-¡Buenos días! Para mí un frapuccino normal
de chocolate, ¿y para el caballero?-añadí cediéndole el paso a Jaime para que
pidiese.
-Para a mí…-dudo un segundo- otro igual, por
favor.
Como apenas había gente en la cafetería ella
misma nos preparo la bebida y nos la sirvió en la barra, nos dedico una última
sonrisa y se giro para seguir trabajando. Nos dirigimos a los sofás que
quedaban libres. Ambos nos sentamos y nos dirigimos una mirada un tanto
oscura…llena de ansiedad, de ganas de que me hiciese suya y el de tenerme a sus
pies. Le dio un sorbo a la bebida y dijo:
-Veo que te gustan las cosas dulces-forzó una
sonrisa y dirigió su mirada a través de la ventana, pensativo, como lleno de
dudas.
-Jaime, que piensas, dime, ¿Qué pasa?
-Lìlian, debemos y tenemos mucho sobre lo que
hablar-dijo pausadamente-limites, limitaciones, hasta donde estas…digo estamos
dispuestos a llegar.
Es cierto antes o después teníamos que tratar
todo aquello, era muy importante tanto para él como para mí. Había límites
infranqueables y otros que con la seguridad y la confianza que él me transmitía
dejarían de serlo. Pero aquel no era el momento ni el lugar.
-Claro que si, Jaime. ¿Qué te parece esta
noche después de cenar, en la terraza del hotel?-a pesar de intentar parecer
tranquila, estaba hecha un manojo de nervios, aquella situación…hablar…hablar
no era lo que mejor se me daba, pero tenía que hacerlo. Quería a Jaime, lo
quería como Amo y para ello tendría que abrirme a él y a sí lo haría.
-Me parece muy bien, cuanto antes hablemos y
lo pongamos todo en común antes te hare mía y al fin podre ponerte mi collar.

No hay comentarios:
Publicar un comentario